A veces, los jardineros no siguen las técnicas agrícolas correctas al plantar tomates. Simplemente pueden agregar fertilizantes que estén disponibles en los hoyos sin pensar en las consecuencias.

Por ejemplo, agregar excrementos de pájaros, estiércol fresco o abono verde puede quemar las raíces del tomate. Cuando la materia orgánica se descompone, se libera calor, lo que también puede afectar negativamente al sistema radicular. Esto puede hacer que las flores del tomate se caigan o no se formen en absoluto.

Además, no utilice fertilizantes nitrogenados puros al plantar tomates. Los tomates necesitan una cantidad moderada de nitrógeno y más fósforo. El uso de nitrógeno puro dará como resultado un crecimiento vigoroso de hojas y tallos, pero no se formarán flores ni se caerán en la etapa de capullo. Es mejor añadir urea o salitre “poco a poco” y no ignorar el fósforo y el potasio.

Además, no conviene utilizar ropa de cama que se haya podrido. Puede contener excrementos de animales y además calentarse a altas temperaturas, lo que puede afectar negativamente el crecimiento y desarrollo de los tomates.

A los tomates no se les deben dar grandes dosis de fertilizantes minerales, ya que esto puede provocar enfermedades, sequedad de las hojas, coloración amarillenta y caída de los cogollos. Una sobredosis de cada uno de estos elementos nutricionales provoca diversos síntomas y consecuencias, siendo imposible dejar de alimentarlos.

La harina de huesos puede impedir la absorción de humedad y tener consecuencias negativas para los tomates jóvenes cuyos sistemas radiculares ya han sufrido el shock del trasplante. La cal o la tiza de jardín pueden cambiar la reacción del suelo hacia el lado alcalino y provocar un crecimiento y una fructificación más deficientes de los tomates.

Es mejor alimentar insuficientemente a las plantas que darles demasiados nutrientes. Debe seguir las recomendaciones de prácticas agrícolas y no utilizar fertilizantes no probados.